Además
de la gran cantidad de escritos de carácter oficial que, por sus
diversos puestos y ocupaciones, Jovellanos escribió a lo largo
de su vida, también se dedicó a la literatura, escribiendo
poesía y teatro. Ciertamente, no pasará a la posteridad
por su calidad literaria, pero tampoco lo pretendió nunca.
Sin embargo, para Jovellanos escribir versos era
un desahogo que utilizó desde su juventud hasta su vejez. Los primeros
poemas son casi todos de tema amoroso y conformes al gusto rococó.
Con el paso de los años, don Gaspar evolucionó en la forma,
adaptándola al gusto neoclásico y prerromántico,
y en el fondo, tratando temas de carácter filosófico e ilustrado.
Aunque, en general, en todas sus composiciones se observa su educación
clásica y sus conocimientos de la literatura española de
los siglos precedentes. Conocemos de don Gaspar seis sonetos, diecisiete
idilios, cuatro odas, diez epístolas, tres romances, cinco sátiras
y otra breve serie de composiciones sueltas. Las más conocidas
son las largas Epístolas en las que, con lenguaje lleno
de epítetos y de adjetivos, con largas enumeraciones y aliteraciones
vibrantes, desarrolla en verso libre los temas que más le preocupaban:
la educación, el progreso, la ciencia, la corrupción social,
la grandeza de Dios y la debilidad del hombre. Son ejemplos de ello las
Epístolas del Paular, a Batilo, de Jovino a Poncio,
a Inarco Celenio, o las dos Epístolas a Posidonio.
Todos estos nombres poéticos esconden a algunos de sus mejores
amigos: Juan Meléndez Valdés, fray Diego González,
fray Juan Fernández de Rojas, Carlos González de Posada,
Mariano Colón de Larreátegui, José de Vargas Ponce
y Leandro Fernández de Moratín.
Además de otra serie de composiciones en las
que, en general, se lamenta por amores no correspondidos, Jovellanos escribió
poesía satírica, muy propia también del siglo, destacando
como un agudo crítico de los vicios y costumbres corruptas de la
alta sociedad. En este sentido, son famosas sus dos sátiras A
Arnesto (1786 y 1787, respectivamente), que aparecieron publicadas
en el periódico El Censor y en las que arremete sin misericordia
contra la hipocresía y la vida disipada de algunas aristócratas
y de los nobles vagos e ignorantes. De la primera son los versos «el
sí pronuncian y la mano alargan / al primero que llega»,
que Francisco Goya utilizó para su Capricho número
2 (1798).
Pero, sin ninguna duda, la importancia de Jovellanos
en el terreno literario radica en la influencia que ejerció sobre
los más importantes poetas de la época, a los que aconsejó
acerca de cómo y sobre qué temas debían escribir.
Es muy conocida su Carta de Jovino a sus amigos salmantinos (1776)
que, según muchos estudiosos, influyó notablemente en el
desarrollo de la poesía dieciochista española.
Como
autor dramático, Jovellanos escribió dos obras: el Pelayo
(1769) y El delincuente honrado (1773). La primera es una tragedia
de tema histórico en cinco actos y escrita en verso. La segunda,
que tuvo mucho más éxito, es una comedia larmoyante,
es decir, una obra en la que sigue la nueva moda francesa del drama sentimental.
Escrita en prosa, en ella utiliza Jovellanos muchos conceptos de la dramaturgia
francesa para provocar en el espectador emoción y lágrimas,
al tiempo que intenta aleccionarlo sobre la inutilidad de la tortura,
un asunto muy debatido por los ilustrados europeos.
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